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La reciente mortandad de peces en el río Carcarañá encendió una señal de alarma que va más allá del impacto ambiental. El episodio abre un interrogante clave para la salud pública: ¿es seguro consumir peces de un curso de agua que acaba de atravesar un evento de contaminación aguda?

Hasta el momento, no existen estudios publicados que analicen específicamente la presencia de plaguicidas en tejidos de peces del río Carcarañá. Sin embargo, desde la evidencia científica disponible en otros sistemas fluviales de características similares, pueden realizarse inferencias fundadas.

El investigador del Conicet, Rafael Lajmanovich, explicó que el Carcarañá atraviesa una de las regiones agrícolas más intensivas del país, con predominio de cultivos extensivos como soja, maíz y trigo, donde el uso de herbicidas, insecticidas y fertilizantes es sostenido. Ese modelo productivo es comparable al de la cuenca del río Salado, en la provincia de Santa Fe.

En esa cuenca se detectaron residuos de múltiples plaguicidas en músculo y vísceras de peces destinados al consumo humano, incluidos compuestos clasificados como posibles o probables carcinógenos. Los análisis de riesgo alimentario indicaron que su ingesta representaba un peligro potencial, especialmente para poblaciones ribereñas que dependen del pescado como fuente habitual de alimento, como pescadores artesanales y comunidades que lo consumen con mayor frecuencia.

Según Lajmanovich, la similitud en el uso del suelo y las presiones ambientales permite sostener que el río Carcarañá está expuesto a los mismos tipos de contaminantes. “Es científicamente razonable considerar que sus peces también pueden estar sometidos a exposición crónica a plaguicidas y otros compuestos derivados de la actividad agroindustrial”, señaló.

El especialista advirtió que la reciente muerte masiva de peces no genera el problema, sino que lo hace visible. “Los ejemplares que sobreviven pueden haber incorporado contaminantes en sus tejidos mediante procesos de bioacumulación. El riesgo potencial no desaparece cuando cesa la mortandad”, remarcó.

Además, subrayó que el aspecto externo de un pez no permite determinar si es apto para el consumo. Un ejemplar puede parecer saludable y, sin embargo, contener residuos químicos. Tampoco la cocción elimina plaguicidas o metales pesados acumulados en los tejidos.

 

Desde una perspectiva preventiva, el investigador recomendó evitar el consumo de peces provenientes de sectores afectados por el reciente episodio, al menos hasta que se realicen estudios específicos que permitan evaluar su seguridad.

“No se trata de una especulación, sino de una conclusión basada en décadas de investigación en sistemas fluviales de la región”, afirmó.

Finalmente, Lajmanovich recordó que los ríos no producen contaminantes por sí mismos, sino que integran los impactos de las actividades humanas en su cuenca. En ese contexto, los peces pueden funcionar tanto como indicadores ambientales como vectores de exposición.

“Cuando un río se contamina, el problema no termina en el agua. Puede continuar en la cadena alimentaria y alcanzar a las personas”, concluyó.

 

 

Autor: admin